La escena que lo recibió era una de devastación. El taburete volcado, los cristales rotos esparcidos frente a la chimenea y en el centro de todo su prometida Valeria de pie con una expresión de triunfo salvaje en el rostro y a sus pies tendida en el suelo como un animal herido. Su madre se quedó paralizado, su cerebro incapaz de procesar la incongruencia de la imagen. Fue entonces cuando escuchó el susurro, un hilo de voz tan débil que casi se lo lleva el viento, pero que para él sonó como un trueno.
Por favor, basta. El ramo de orquídeas se deslizó de su mano inerte. Las flores púrpuras y blancas cayeron al suelo con un ruido sordo y suave, esparciéndose sobre la alfombra. El sonido, aunque leve, fue suficiente para que Valeria finalmente se diera cuenta de que no estaban solas. se giró lentamente. La expresión de su rostro pasó del triunfo a la incredulidad y de ahí al pánico más absoluto en una fracción de segundo empalideció hasta adquirir un tono ceroso.
“Mi amor”, exclamó su voz aguda y estridente. Alejandro, qué bueno que llegaste. No tienes idea de lo que acaba de pasar. Comenzó a hablar a toda velocidad, tropezando con las palabras. tejiendo una red de mentiras cada vez más desesperada y enrevesada. Tu mamá, tu mamá se volvió loca, completamente loca. Empezó a gritar que yo era el que quería robarte. Agarró tu fotografía, tu tesoro, la estrelló contra la chimenea con sus propias manos. Yo traté de calmarla, de razonar con ella, pero se puso como una fiera.
Me atacó, me arañó y en el forcejeo se tropezó ella sola con el taburete y se cayó. Te lo juro, mi amor, está perdiendo la razón. Te lo he estado diciendo. Necesita ayuda profesional urgentemente. Pero Alejandro no la escuchaba. Ni siquiera la miraba. Pasó a su lado como si fuera una estatua, sus ojos fijos en la figura inmóvil de su madre. Sus movimientos eran lentos, deliberados, cargados de una furia tan fría y tan profunda que era mucho más aterradora que cualquier grito.
Se arrodilló junto a Isabel. Mamá, su voz era apenas un murmullo. Mamá, ¿estás bien? ¿Puedes oírme? con una delicadeza infinita, pasó un brazo por debajo de sus hombros para ayudarla a incorporarse. Isabel gimió de dolor, aferrándose a él. Al moverla, algo cayó del bolsillo de su delantal y quedó en el suelo junto a ellos. Era a su celular. La pantalla estaba ligeramente estrellada por la caída, pero estaba encendida, mostrando la interfaz de la grabadora de voz. Alejandro lo vio.
Su mirada pasó del teléfono al rostro aterrorizado de Valeria y luego de vuelta al teléfono. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en su mente con una claridad dolorosa y terrible. Lo recogió. Su pulgar se movió con una calma siniestra sobre la pantalla. Presionó Play y entonces la sala se llenó con la voz de Valeria. La voz clara, burlona y cruel que Isabel había grabado junto a la alberca. El asilo, amiga, es un basurero. Lo llamé Villa Serenidad.
Qué risa. Alejandro se tragó el cuento de que es un spa. Valeria intentó decir algo, balbuceó un no. Eso está, pero la voz de la grabación la silenció. Es tan noble y tan trabajador y tan menso. Se cree todas mis mentiras. A veces hasta me da lástima, pero se me pasa rápido cuando veo el estado de cuenta de su tarjeta. Cada palabra era un martillazo en el corazón de Alejandro. La traición era absoluta, la manipulación era grotesca.
Cuando la vieja ya esté bien encerrada y yo tenga el control, la visitaremos cada vez menos hasta que se muera sola en ese hoyo. Será mi regalo de bodas. Alejandro detuvo la grabación. El silencio que quedó era más pesado que una lápida. Ayudó a su madre a ponerse de pie sosteniéndola con firmeza. Isabel se apoyó en él, su refugio, su salvación. Entonces Alejandro se giró para encarar a Valeria. Su rostro era una máscara impasible, pero sus ojos ardían con un fuego helado.
No había dolor, no había tristeza. Solo un desprecio infinito. Valeria se deshizo. Cayó de rodillas arrastrándose hacia él, las lágrimas de cocodrilo corriendo por su rostro. No, mi amor, por favor, perdóname. Yo te amo. Lo hice por nosotros, por nuestro futuro. Esa grabación está editada, está sacada de contexto. Te lo juro. Alejandro la miró como si estuviera viendo a un insecto. Cuando finalmente habló, su voz era tan tranquila, tan desprovista de emoción, que cada palabra fue una sentencia de muerte.
No tienes que explicar nada, Valeria. Lo he escuchado todo y lo he visto todo. Sacó su propio celular con movimientos precisos y económicos. Entró en su aplicación del banco. Esta tarjeta de crédito dijo mostrándole la pantalla. Cancelada. La extensión de mi cuenta de cheques. Cancelada. El acceso a la casa. Cancelado. Valeria lo miraba con la boca abierta por el horror, mientras él desmantelaba su vida de lujos en cuestión de segundos. Toma tus cosas. Tienes 10 minutos para desaparecer de mi casa y de mi vida.