El contenido se desparramó por la alfombra, la foto de Alejandro, el dibujo del sol, el reloj de su esposo. Ver sus objetos más sagrados pisoteados y esparcidos por el suelo fue la profanación definitiva. Un grito de angustia y rabia escapó de la garganta de Isabel. Mis cosas, animal. Esa distracción fue todo lo que Valeria necesitó. Aprovechando que Isabel se inclinaba para intentar recoger sus recuerdos, la agarró por la espalda y comenzó a arrastrarla fuera del cuarto. Isabel se resistía, se agarraba al marco de la puerta, sus uñas arañando la madera.
Suéltame. Estás loca. La loca es usted, una vieja loca incia que no entiende cuál es su lugar. Gruñía Valeria tirando de ella con todas sus fuerzas. Logró sacarla al pasillo. Lucia, que estaba limpiando en el piso de abajo, escuchó los gritos y subió corriendo las escaleras. Se quedó paralizada al ver la escena, Valeria arrastrando la fuerza a doña Isabel, que luchaba por liberarse. Sus miradas se cruzaron. La de Isabel era una súplica de ayuda. La de Valeria, una amenaza de muerte.
Lucia, aterrorizada, retrocedió un paso llevándose las manos a la boca. No podía hacer nada. Valeria no se detuvo. Arrastró a Isabel por todo el pasillo y luego por la gran escalera de mármol. Isabel tropezaba, sus rodillas golpeando los duros escalones. Finalmente llegaron a la sala de estar. Con un último empujón violento, Valeria arrojó a Isabel sobre uno de los sofás de seda carísimos. Isabel cayó de mala manera, golpeándose la cabeza contra un cojín y quedando sin aliento.
Valeria se paró frente a ella jadeando, con el cabello revuelto y el rostro enrojecido por el esfuerzo y la ira. La máscara de la dama de sociedad no solo se había caído, se había hecho polvo. Lo que quedaba era la verdadera Valeria, un ser consumido por el odio. Y entonces comenzó a hablar. Fue un monólogo venenoso, un torrente de bilis que había estado acumulando durante meses. ¿Quién demonio se cree que es usted? Su voz era un alarido que rebotaba en las paredes altas de la sala.
Una vieja arrimada. Una muerta de hambre que vive de la caridad y de la lástima de mi prometido. Una mujer que no es nada ni nadie y se atreve a desafiarme a mí. En mi propia casa comenzó a caminar de un lado a otro frente al sofá como una tigresa enjaulada. Yo le di todo. La saqué del cuchitril inmundo en el que vivía y la traje a un palacio. Come la comida que yo elijo. Duerme bajo el techo que yo decoré.
Respira el aire que yo pago. Le di la oportunidad de tener una vejez digna, rodeada de lujos que ni en sus sueños más salvajes habría imaginado. Y así es como me paga. Con su cara de mártir, con sus suspiros, intentando ponerme a mi hijo en contra, intentando arruinar mi vida, mi boda, mi felicidad. Se detuvo y la señaló con un dedo acusador. Usted es un parásito. ¿Lo entiende? Un parásito, una sanguijuela que se le pegó a su hijo y que se niega a soltarlo.
No soporta ver que él me ama a mí, que yo soy su presente y su futuro, mientras que usted es solo un recuerdo molesto de un pasado que todos queremos olvidar. Pero se acabó. A partir de hoy, yo soy la dueña de esta casa, de su dinero y de su vida. Y usted, usted no es nada, es polvo, es una sobra. En su arrebato de furia, sus ojos enloquecidos buscaron algo que destruir y lo encontraron. Sobre la repisa de la chimenea, en un marco de plata labrada, estaba la fotografía favorita de Alejandro, la de su graduación de primaria, la misma que Isabel atesoraba en su caja.
Valeria debió haberla tomado del cuarto de Isabel en algún momento. Con un grito de rabia, la arrebató de la repisa. Mire, mire lo que pienso de sus estúpidos recuerdos y de su pasado miserable. Esto es lo que pienso de su amor de madre. Y con toda la fuerza de su cuerpo arrojó el portarretratos contra el hogar de mármol de la chimenea. El impacto fue brutal. El cristal se hizo añicos, esparciéndose por el suelo en un millar de fragmentos brillantes.
El marco de plata se abolló y se torció. No. El grito de Isabel fue un lamento visceral, un sonido arrancado desde lo más profundo de su alma. No era solo una foto, era el símbolo de su sacrificio, la cara de la inocencia de su hijo, el único tesoro que le quedaba de una vida de lucha. Sin pensar en el peligro, se deslizó del sofá y comenzó a gatear sobre la alfombra hacia los pedazos de vidrio, con la intención desesperada de rescatar la imagen rota de su hijo.
Las lágrimas le cegaban la vista y sus manos temblaban mientras intentaba juntar los pedazos de la fotografía rasgada. Valeria se quedó de pie sobre ella, con el pecho subiendo y bajando por la agitación, una diosa de la destrucción contemplando su obra. En su rostro no había arrepentimiento, solo el placer salvaje de la victoria. La máscara de perfección no solo se había roto, había sido pulverizada y el monstruo que habitaba debajo se regodeaba en la devastación que había causado.
Creía que finalmente había quebrado a Isabel por completo. La sala quedó en silencio, roto solo por los hoyosos desgarradores de una madre arrodillada sobre los restos de su corazón. La sala de la mansión se había transformado en un campo de batalla. El aire estaba viciado por el odio y la tensión. Isabel, arrodillada entre los cristales rotos de su recuerdo más preciado, sentía cada trozo de vidrio como una puñalada en su propio corazón. Los soyosos le sacudían el cuerpo, pero no eran soyosos de derrota, eran de una rabia profunda y primordial.
Valeria la contemplaba desde arriba con el pecho agitado, saboreando su aparente victoria. Creía haberla destruido, pero subestimaba la fuerza de una madre herida en lo más sagrado. ¿Qué pasa, suegrita? Se le rompió su juguetito. Se burló Valeria, su voz un siceo venenoso. Debería darme las gracias. Le estoy haciendo un favor al borrarle esos recuerdos de pobreza. En su nueva vida en Villa Serenidad, no tendrá espacio para sentimentalismos baratos. Lentamente, con una dignidad que pareció nacer de las ruinas de su dolor, Isabel se puso de pie.
Se sacudió los pequeños fragmentos de cristal de su vestido, ignorando los finos cortes que le habían hecho en las manos. Levantó la cara, sus ojos, enrojecidos por el llanto, ya no mostraban miedo, sino una llama fría y dura. Puedes romper un portarretratos, Valeria. Puedes tirar mi café, puedes esconder mis cosas, puedes humillarme, dijo. Su voz era baja, pero cortaba el aire como un cuchillo. Pero hay algo que nunca vas a poder romper y es el amor que mi hijo siente por mí.
Eso no está hecho de vidrio, está hecho de algo que tú nunca entenderás. Y ese amor, tarde o temprano le va a abrir los ojos. La calma de Isabel, su inesperada y desafiante declaración de fe, fue la chispa que provocó la explosión final en Valeria. Que esa mujer, a quien creía aplastada y vencida, se atreviera a hablarle de amor, que se atreviera a insinuar que ella, Valeria, podía perder, era un insulto intolerable. “Cállese la boca, vieja estúpida”, rugió, su rostro contorsionándose en una máscara de furia.