No valía la pena.
“Y asegúrense de que nunca vuelvan a usar el nombre Altamira.”
“Así será,” respondió el hombre.
Caminé hacia la salida.
Nadie me detuvo.
Nadie se atrevió.
Justo antes de cruzar la puerta, me detuve.
Sin mirar atrás, dije:
“Gracias por el agua.”
Una pausa.
“Me despertó.”
Y entonces salí.
La noche estaba tranquila.
El aire fresco.
Libre.
Un auto negro ya me esperaba.
El chofer abrió la puerta.
“Bienvenida, señora.”
Subí.
Y mientras el coche se alejaba, no miré hacia atrás.
Porque algunas historias no necesitan un cierre.
Solo un final.
Y ese… ya lo había escrito yo.