Diana se llevó una mano al pecho.
“Pero… pero tú no tenías dinero…” dijo Bruno, confundido, desesperado.
Casi sentí lástima.
Casi.
“Porque nunca te interesó saber quién era yo antes de casarte conmigo.”
Respiré hondo.
“Mi padre fundó Altamira.”
Silencio.
Más profundo que antes.
“Y cuando murió, heredé todo.”
Bruno retrocedió un paso.
Como si el suelo se hubiera vuelto inestable.
“Eso… eso es imposible… tú eras—”
“La chica que recogiste en una situación difícil,” terminé por él. “Sí. Eso fue lo que decidí mostrarte.”
Mi mirada se endureció.
“Quería saber si alguien podía amarme sin ver mi dinero.”
Una pausa.
Dolorosa.
Pero breve.
“Y tú fallaste.”
Las palabras cayeron como un veredicto.
Irreversible.
Arturo volvió a hablar desde el teléfono, aún en mi mano.
“Camila, todos los activos han sido transferidos. Los Mendoza ya no tienen control sobre ninguna subsidiaria. También se activaron las cláusulas legales del prenupcial.”
Asentí.
“Perfecto.”
Bruno parecía a punto de romperse.
“¿Qué… qué significa eso?” preguntó.
Lo miré directamente a los ojos.
“Que lo perdiste todo.”
Diana gritó.
“¡No puedes hacer esto! ¡Es ilegal!”
Uno de los abogados dio un paso adelante.
“Señora, todo está dentro del marco legal. Su hijo firmó cada cláusula.”
Bruno cayó en la silla.
Derrotado.
Vacío.
Valeria retrocedió lentamente… como si quisiera desaparecer.
Pero aún no había terminado.
No del todo.
Me acerqué a Bruno.