—No estás sola.
Velaron juntos hasta la madrugada. Solo cuando la fiebre empezó a bajar, lentamente, Elena se desplomó contra él, temblando de alivio y agotamiento.
Fue entonces cuando confesó la verdad.
No había lugar para ellas en Hermosillo.
La última carta de su hermana, recibida meses atrás, decía que los tiempos eran malos y que ya no podía recibirlas. Elena había mentido. Pensaba ir de todos modos porque no sabía qué otra cosa hacer. Porque era mejor caminar hacia una mentira que quedarse donde uno se siente de sobra.
Julián la miró como si el mundo se hubiera detenido.
—Yo pensé que querías irte —dijo él—. Pensé que solo estaban esperando el momento para dejar esta casa.
Elena soltó una risa triste entre lágrimas.
—Y yo pensé que usted ya estaba cansado de nosotras.
Hubo un silencio largo. Luego Julián respiró hondo, como quien por fin se decide a abrir una puerta cerrada demasiados años.
—No quiero que se vayan —dijo—. No he querido ni un solo día. Me alejé porque tenía miedo. La última vez que amé a alguien, los enterré. Creí que si no esperaba nada, dolería menos cuando se fueran. Pero me equivoqué. Duele igual. Duele desde antes.
Elena lo miró con los ojos encendidos.
—¿De verdad quiere que nos quedemos?
—Quiero que se queden. Quiero despertar oyendo a Amalia reír. Quiero que esta casa vuelva a parecer una casa. Quiero… —tragó saliva—. Quiero ser digno de ustedes, aunque todavía esté roto.
Elena lloró sin apartar la mirada.