Después empezó a notarla más. El mechón de cabello que siempre se le soltaba de la coleta. Las cicatrices finas en sus dedos. La seriedad con que ordenaba las cosas. Y esas cajas. Siempre esas cajas.
Al principio pensó que las vendía. Luego imaginó que quizá reforzaba paredes o improvisaba muebles. Pero había algo en el cuidado casi reverente con el que las trataba que le decía que había más. Algo personal. Algo que él, con todo su dinero, no lograba entender.
La curiosidad se le volvió obsesión.
Y aquella tarde, cuando la vio subir al microbús con la mochila llena de cartón, tomó una decisión absurda para un hombre como él: la siguió.
Su coche negro avanzó detrás del transporte público por avenidas cada vez más rotas, calles cada vez más estrechas, colonias donde las banquetas se volvían un lujo y el polvo se pegaba a todo. Finalmente la vio bajar frente a un callejón de tierra. Camila caminó entre puestos improvisados, niños jugando con una pelota desinflada y perros flacos dormidos a la sombra. Saludó a una señora que vendía elotes y se detuvo frente a una casita que apenas podía llamarse casa.
Era una estructura levantada con terquedad: tablas viejas, lonas grises amarradas con mecate, lámina oxidada, bloques desiguales. Y, reforzando partes del muro, había cartón. Mucho cartón.
Alejandro sintió una punzada seca en el pecho.
No era lástima. Era algo más incómodo. Vergüenza, quizá. Admiración. Un golpe brutal de realidad. Se quedó un momento dentro del coche, mirando la diferencia obscena entre sus asientos de piel y aquella casa que se sostenía con ingenio y necesidad. Debió irse. Debió arrancar y olvidar lo que había visto. Pero no pudo.
Bajó.
Camila estaba dentro cuando oyó el carraspeo desde la entrada. Corrió la cortina que hacía de puerta y se quedó congelada al verlo ahí, con los zapatos hundidos en el polvo, el reloj carísimo brillando bajo el sol de la tarde.
Por un segundo no supo qué la humillaba más: que la hubiera seguido o que ahora él estuviera viendo aquello.
—Señor Villaseñor… —murmuró.
Alejandro tragó saliva. Toda la seguridad que tenía en una junta de negocios se le fue de golpe.
—Perdón. No debí venir así.
Antes de que Camila pudiera responder, una voz anciana salió del interior.
—¿Quién es, mija?