A los catorce.
Uno por uno.
Y dio una orden clara:
—Aquí no se tira comida.
Lo que sobraba…
se organizaba.
Se empaquetaba.
Se repartía.
Cada noche.
A colonias donde hacía falta.
Lo llamaron loco.
Luego lo llamaron generoso.
Después…
lo copiaron.
Pero nada de eso le importó.
Porque semanas después…
pasó algo que no olvidaría jamás.
Una mañana, mientras desayunaban juntos en la cocina…
Lupita, la más pequeña de María, levantó la mirada.
Había vapor saliendo del plato.
Lo miró fascinada.
—¿Por qué la comida echa humo?
Don Ernesto sonrió.
Con los ojos húmedos.