Vio el sobre en su mano y se hizo a un lado sin preguntar nada. Se sentaron en la cocina. El reloj de pared marcaba las 10:15. Afuera, la calle estaba quieta con ese silencio particular de los barrios viejos que se duermen temprano y no dejan testigos. Mateo puso todo sobre la mesa en orden. La fotocopia del documento del penal. Las escrituras de traspaso, la carta falsa y al último con el cuidado de quien maneja algo que puede romperse, el sobre de papel craft con la declaración de Rodrigo.
Don Filiberto leyó cada hoja sin prisa, con los lentes puestos y la boca apretada en una línea recta que no era sorpresa, sino confirmación de algo que había sospechado demasiado tiempo. Cuando terminó, apiló los papeles con cuidado y puso las palmas encima. El notario dijo, “Miguelito mencionó un apellido. Garza.” El viejo cerró los ojos un momento, solo un momento. Licenciado Braulio Garsa. Notaría número 12. 30 años en el negocio. Tiene fama de ser un hombre discreto. Hizo una pausa.
Demasiado discreto para ciertos asuntos que no deberían necesitar discreción. Fue a la alacena, sacó una botella de tequila a la mitad y dos vasos pequeños. Los puso sobre la mesa, pero ninguno de los dos los tocó todavía. Hablaron despacio en voz baja, armando el rompecabezas en voz alta, como si nombrarlo lo volviera más real y más manejable al mismo tiempo. Rodrigo había presentado la denuncia con suficiente detalle para que la policía actuara sin dudar. Con Mateo adentro, había tenido tiempo y acceso libre para trabajar hacia sus padres, personas que confiaban en su hijo mayor, porque nunca habían tenido razón para no hacerlo.
Garsa había puesto los sellos y las firmas que convertían la trampa en papel legal, y el rancho había sido el último paso, alejar a los testigos incómodos con la apariencia de hacerles un favor. 7 años construido sobre la paciencia y sobre el conocimiento íntimo de cada persona que quería destruir. En el papel todo parece limpio, dijo don Filiberto. Eso es lo que Garsa vende, limpieza en el papel. No necesito ganarlo en papel, dijo Mateo. Necesito que Rodrigo lo diga delante de mis papás en esta ciudad, no en un juzgado que tarde 3 años.
Don Filiberto lo miró con esa manera suya que no era aprobación ni desaprobación, sino algo más cercano al reconocimiento de un hombre que entiende lo que otro hombre necesita. Ernesto Padilla dijo, “Abogado retirado, todavía tiene contactos donde importa. Mañana le hablo. Mateo recogió los documentos, dobló el sobre y lo guardó bajo la camisa contra el pecho, donde menos probabilidad había de perderlo. Era poco elegante, era exactamente lo que necesitaba. Salió a la calle. El aire de la noche estaba frío y quieto.
Caminó media cuadra y sintió vibrar el teléfono. Número desconocido. Tres líneas. Sé lo que estás haciendo para antes de que sea tarde para todos. Esto no tiene que terminar mal. Mateo leyó el mensaje dos veces. Lo guardó, no lo borró. Lo guardó y siguió caminando. Rodrigo sabía lo que estaba pasando, lo cual significaba que también tenía miedo. El licenciado Ernesto Padilla tenía 70 años, una planta de libros jurídicos que nadie había tocado en una década. y unos ojos que todavía leían entre líneas mejor que muchos abogados en activo.