Era Damián con su traje gris carbón impecable y esa sonrisa prepotente que últimamente usaba como armadura. A su lado, Ru lucía un vestido color burdeos que probablemente costaba más que el salario mensual de Cristina y unos tacones que resonaban contra el asfalto mojado como martillazos.
Cristina bajó la ventanilla apenas unos centímetros. ¿Nos vamos?, preguntó Damián con fingida cortesía. El juez nos espera a las 10 en punto. Claro. No querría hacer esperar al juez el día más importante de tu vida, respondió Cristina abriendo la puerta del coche.
Ruth se acercó con esa sonrisa venenosa que había perfeccionado en los últimos meses. Cristina, cariño, espero que no haya rencores. Al fin y al cabo, esto es lo mejor para todos.
Damián necesitaba a una mujer que estuviera a su altura profesional. Sus ojos se posaron deliberadamente en el vientre abultado de Cristina. Y tú, bueno, tú tienes otras prioridades ahora. Las palabras flotaron en el aire como dagas envueltas en tercio pelo.
Sonia hizo Ademán de bajarse del coche, pero Cristina le hizo un gesto discreto para que se quedara. Tienes razón, Ru! Dijo Cristina con una calma que sorprendió incluso a Damián.
Las prioridades cambian y hoy vas a descubrir exactamente cuáles son las mías. Algo en su tono hizo que Ru frunciera el ceño, pero Damián ya caminaba hacia la entrada del juzgado, revisando nerviosamente su móvil.
tenía una videollamada importante con unos inversores alemanes por la tarde y quería terminar con este trámite cuanto antes. “Vamos, que se nos hace tarde”, gritó sin volverse. Mientras subían las escaleras de mármol del edificio, Cristina sintió como su hijo se movía inquieto en su vientre, como si él
también supiera que ese día marcaría el comienzo de una nueva vida, una vida donde nunca más tendría que fingir que no veía las miradas de complicidad entre su marido y su amante, una vida donde por fin podría dormir en paz.
Ruth caminaba unos pasos por delante, contoneándose como si fuera una modelo en una pasarela. Cada paso calculado para marcar territorio, cada gesto diseñado para humillar. Pero lo que Ruth no sabía era que Cristina había dejado de sentirse humillada hacía mucho tiempo.
En el ascensor, mientras los números se iluminaban lentamente hasta llegar al quinto piso, Damián revisó una vez más los papeles que llevaba en su maletín de cuero italiano. ¿Todo en orden?
Preguntó Rut, apoyando posesivamente su mano en el brazo de él. Por supuesto, en una hora esto habrá terminado y podremos empezar nuestra nueva vida sin complicaciones. Cristina permaneció en silencio con la vista fija en los números del ascensor.
Cuando las puertas se abrieron con un suave ping, sonrió para sus adentros. En una hora, efectivamente, todo habría terminado, pero no como ellos imaginaban. Sala TR. Juzgado de primera instancia.
10:05 de la mañana. La sala de vistas solía a papel viejo y a decisiones irrevocables. Cristina se acomodó en la silla de madera lacada en color miel, sintiendo como su hijo pateaba con fuerza, como si protestara contra la tensión que flotaba en el ambiente.