Cristina lo recibió con lágrimas de agotamiento y felicidad mientras Damián permanecía de pie junto a la cama, completamente abrumado por la magnitud del momento. ¿Quieres sostenerlo?, preguntó la matrona, ofreciéndole el pequeño bulto envuelto en una manta color verde agua.
Damián extendió los brazos temblorosos y recibió a su hijo por primera vez. Diego tenía los ojos cerrados, pero sus pequeños puños se agitaban como si ya estuviera luchando contra el mundo.
En ese momento, Damián sintió algo que no había experimentado nunca. Amor incondicional, inmediato, aterrador. Es perfecto, murmuró con la voz quebrada. Cristina, sudorosa y exhausta, pero radiante, sonrió desde la cama.
Sí que lo es, Cristina. Yo. Damián buscó las palabras adecuadas. Quiero ser el padre que él se merece. Quiero ser el hombre que debería haber sido desde el principio. Lo sé.
Cristina tendió los brazos para recibir a Diego de vuelta. Y vas a tener toda la vida para demostrárselo a él y a ti mismo. En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y entró Sonia, cargada con globos color amarillo y una bolsa de regalos.
¿Cómo está mi nieto?, preguntó acercándose a la cama con los ojos brillantes de emoción. Está perfecto, mamá. Completamente perfecto. Sonia miró a Damián con una expresión que era difícil de interpretar.
Durante los últimos meses, su relación había sido cordial, pero distante. Ella había sido testigo silencioso de todo el dolor que su hija había soportado. Y aunque nunca se lo había recriminado directamente, Damián sabía que no se había ganado su perdón.
“Damián, ¿puedo hablar contigo un momento?”, preguntó Sonia. Salieron al pasillo del hospital, donde el olor a desinfectante se mezclaba con el bullicio característico de las visitas vespertinas. “¿Cómo estás llevando todo esto?”, preguntó Sonia sin preámbulos.
“Sinceramente, no lo sé. Cada día es cada día es una lección de humildad que no sabía que necesitaba.” Sonia asintió lentamente. Cristina me contó lo del apartamento. Lo que hiciste para ayudarlo con la mudanza.
Ella me ayudó a mí. Yo no tenía cómo pagar el depósito ni los primeros meses. Exacto. Ella te ayudó cuando no tenía por qué hacerlo. Cuando cualquier otra mujer te habría dejado dormir en la calle, Sonia hizo una pausa.
¿Sabes por qué lo hizo? Damián negó con la cabeza. Porque a pesar de todo lo que le hiciste, sigue creyendo que puede ser un buen padre porque ve algo en ti que tal vez ni tú mismo ves todavía.
No sé si lo merezco. Probablemente no lo merezcas, pero Diego sí se merece un padre presente y responsable y Cristina se merece un copadre en quien pueda confiar. Sonia lo miró directamente a los ojos.
Esta es tu segunda oportunidad, Damián. Tu última oportunidad. No la desperdicies. Cuando volvieron a la habitación, encontraron a Cristina amamantando a Diego por primera vez. La escena era tan natural, tan perfecta, que Damián sintió una punzada de dolor al darse cuenta de que él era el único elemento discordante en ese cuadro de familia.
Su móvil vibró. Un mensaje de Ruth. Esto no ha terminado. Te arrepentirás de haberme colgado. Damián borró el mensaje sin responder y puso el teléfono en silencio. Ru pertenecía al pasado.
Diego era el futuro. Y por primera vez en su vida, Damián estaba decidido a elegir el futuro por encima de los errores del pasado, aunque esa decisión le costara todo lo que le quedaba por perder.
Oficina de reformas hurtado. Tres meses después, la oficina había recuperado su ritmo habitual con el sonido constante de llamadas telefónicas, el tecleo de ordenadores y el aroma a café recién hecho que Cristina había convertido en una tradición matutina para todo el equipo.
Diego dormía plácidamente en su cochecito color azul cobalto junto al escritorio de su madre. Ajeno al mundo de facturas y contratos que se desarrollaba a su alrededor, Damián había llegado temprano esa mañana, como cada día durante los últimos tr meses.