El descenso de la tormenta y el peso de la inocencia
El sonido de los tacones de Doña Beatriz golpeando los escalones de mármol blanco resonaba en toda la mansión como si fueran truenos anunciando una tormenta devastadora. Cada paso era firme, cargado de una furia que helaba el ambiente. Su rostro, habitualmente sereno y elegante, estaba rojo por la indignación. Se sentía traicionada, vulnerada en su propio hogar.
Detrás de ella, bajando casi de puntillas y con una sonrisa que apenas podía disimular, venía Sonia, la empleada joven. Su corazón latía a mil por hora, pero no de miedo, sino de pura y asquerosa emoción. Sonia llevaba meses robando pequeños objetos de la casa: un billete por aquí, un reloj olvidado por allá. Sabía que la patrona empezaba a sospechar, y necesitaba desesperadamente un chivo expiatorio. Qué mejor víctima que María, la anciana que venía tres veces por semana a limpiar los pisos pesados, alguien sin voz ni poder para defenderse.
En el gran recibidor de la casa, junto a la inmensa puerta de roble, estaba María. La abuelita, ajena al infierno que se estaba desatando arriba, se arreglaba el gastado suéter de lana sobre sus hombros. Sus manos, llenas de callos y manchas por los años de fregar pisos con químicos baratos, sostenían con firmeza su bolsita de tela descolorida.
La mente de María estaba a kilómetros de esa mansión de lujo. Pensaba en los dos autobuses que tenía que tomar para llegar a su humilde barrio en las afueras de la ciudad. Pensaba en su nieta de siete años, que la esperaba en casa con fiebre y a la cual le iba a comprar un jarabe para la tos con el dinero de su pago del día. María era la honestidad hecha persona; una mujer que prefería morir de hambre antes que tomar un solo centavo que no se hubiera ganado con el sudor de su frente.
De repente, la voz de la patrona cortó el silencio como un látigo invisible.
"¡María! ¡No des ni un solo paso hacia esa puerta!", ordenó Doña Beatriz, deteniéndose en el último escalón.
La anciana se sobresaltó. Soltó la perilla de la puerta y se giró lentamente, con los ojos muy abiertos y una expresión de confusión total. Al ver el rostro enfurecido de la dueña de la casa y la mirada burlona de Sonia detrás de ella, un escalofrío le recorrió la espalda encorvada.