Desterraron A La Viuda A Una Cueva Helada — Construyó Una Cabaña Y Halló Oro Que La Dejó Como La…

La carta pedía que Fray Bernardo viniera al valle a completar la investigación. Fraimateo había muerto o desaparecido antes de poder enviarla. Mencía no sabía si Fray Bernardo de ANA seguía vivo o en Zaragoza o si seguía siendo franciscano. Habían pasado 40 años, pero la custodia franciscana de Zaragoza seguía existiendo. Y si el ministro provincial era tan incorruptible como Fraimateo creía, quizás aún había alguien allí que quisiera terminar lo que aquel fraile había empezado. El problema era Zaragoza.

tres días de camino, quizás cuatro, sin caballo, sin dinero, con los hombres de Fray Rodrigo buscándola. Mencía guardó los pergaminos en su propio cofre de cuero junto a los documentos de Gonzalo. Ató el conjunto con toda la ropa que le quedaba limpia. Tomó la espada corta de la caja de madera. Nunca había sostenido una espada, pero el peso en la mano era mejor que nada y salió de la torre al amanecer frío del valle. No llegó a Zaragoza.

Lo que sí encontró al segundo día de camino por la sierra fue una mula muerta de agotamiento en un sendero y junto a ella vivo, pero apenas, un fraile de hábito gris y capucha marrón que le había dado todo el agua de su cantimplora al animal antes que a sí mismo. Se llamaba Fray Bernardo de Ana. Mencía lo miró durante un largo momento, calculando la probabilidad de que aquello fuera una trampa o una coincidencia imposible. Luego decidió que el hombre que daba su agua a una mula, antes que a sí mismo, no trabajaba para Fray Rodrigo de Palenzuela.

Le dio la mitad de su pan. le contó todo mientras él comía, con la economía de palabras que le había enseñado su padre para las negociaciones difíciles, hechos, fechas, evidencias, sin lamentos, sin súplicas, solo los hechos. Fray Bernardo era un hombre de unos 50 años, delgado, con manos grandes de trabajador y ojos que no perdían detalle. la escuchó sin interrumpir. Cuando ella terminó, preguntó, “¿Tiene los documentos de Fray Mateo?” “Aquí”, dijo Mencía tocando el cofre. “Llevo 20 años esperando encontrarlos”, dijo el fraile.

Fraimateo era mi maestro. La rabia llegó entonces después del desespero y el miedo. Llegó con la certeza de que aquello llevaba demasiado tiempo ocurriendo, que demasiadas familias habían perdido demasiado, que la máquina del Priorato de San Esteban había seguido funcionando año tras año, mientras nadie con suficiente poder hacía nada. ¿Por qué tardó 20 años? Preguntó ella. Y no lo dijo con suavidad. Fray Bernardo no se ofendió. Porque sin los documentos de Fraimateo no tenía pruebas suficientes para que el ministro provincial actuara.

Lo intenté en 1325 y en 1334. Ambas veces el prior de San Esteban presentó garantías de inocencia firmadas por el varón de Montarras y el arsediano de la diócesis. Sin documentos era mi palabra contra la suya. Hizo una pausa. ¿Cuántos pergaminos hay? 15 del registro privado, tres cartas de testigos y mis propios documentos sobre el caso de mi marido. El fraile asintió despacio. Es suficiente, dijo. Si llegan intactos ante el ministro provincial es suficiente. Pero no llegaron al día siguiente ni al otro, porque en la tarde del segundo día de viaje conjunto, bajando por el

camino que bordeaba el río Huerba, encontraron el camino cortado, cuatro hombres a caballo, el emblema del priorato de San Esteban en los mantos. Fray Bernardo dijo en voz baja, “Corra hacia el bosque al norte, no se detenga. No voy a dejarle”, dijo Mencía, “Si me capturan a mí solo, sobreviviré. A usted no la pueden encontrar con esos documentos. Corra.” Lo que ocurrió después fue rápido y brutal. Los hombres del Prior rodearon a Fray Bernardo antes de que Mencía hubiera corrido 20 pasos.

Ella se metió entre los árboles y siguió corriendo sin mirar atrás, con el cofre atado contra el cuerpo y el sonido de la voz del fraile, negándose a decir a dónde había ido la mujer. Lo golpearon. Ella lo escuchó. Siguió corriendo, no porque no le importara, sino porque él le había dicho que corriera. Y ella entendía por qué. Los documentos. Los documentos eran lo único que podía salvarlo a él y a todas las familias que Fray Rodrigo había destruido.

Si los capturaban a ella, todo terminaba. Corrió hasta que los pulmones ardieron, hasta que los ruidos de los caballos desaparecieron, [carraspeo] hasta que el bosque fue tan denso que un caballo no podía seguirla. Entonces sí se detuvo y entonces sí lloró sola en el bosque, apoyada contra un roble centenario con el cofre contra el pecho. Lloró por Fray Bernardo, por Gonzalo, por las 12 familias del registro de Fraimateo, por ella misma, por todos los años que aquel priorato había operado sin que nadie lo detuviera.

Pero cuando terminó de llorar, la rabia que quedó era diferente a todas las que había sentido antes. No era la rabia caliente e inútil del impotente, era fría, calculadora. Era la rabia de alguien que ya no tiene nada que perder, excepto la oportunidad de hacer lo correcto. Fray Bernardo estaba en manos del Prior. Eso significaba que Fray Rodrigo sabía que ella existía, que tenía documentos, que había estado en la torre. Cada hora que pasaba era una hora en que los hombres del Prior la buscaban.

No podía ir a Zaragoza sola. No podía llegar al ministro provincial sin ayuda. Necesitaba otro camino. Pasó la noche en el bosque, envuelta en su manto, con la espalda contra el roble y la mente trabajando sin parar. Al amanecer lo tuvo. En las cartas de Fray Mateo había un nombre además del de Fray Bernardo, un notario real en la ciudad de Huesca, hombre honrado según el fraile, con acceso a los archivos del reino. Si llegaba a Huesca y presentaba los documentos ante aquel notario, podría enviar copia directamente a la cancillería Real de Aragón.

El rey no tenía por qué esperar al ministro provincial franciscano. El rey tenía autoridad directa sobre los señoríos y los prioratos. Huesca estaba a dos días de camino hacia el norte. Mensía se levantó, se sacudió la tierra del manto, comprobó que los documentos estuvieran intactos y empezó a caminar. Huesca olía a pan recién horneado y a caballo mojado y a la política de los poderosos, que tiene su propio olor particular en cualquier ciudad medieval, donde los notarios y los mercaderes conviven con los clérigos y los soldados.

Mensía llegó al atardecer del segundo día con los pies en carne viva dentro de las botas empapadas y la determinación de alguien que ha decidido que el miedo ya no tiene voto. El notario que buscaba se llamaba don Ramón de Escarrilla. La carta de Fray Mateo lo describía como hombre de 50 años, escribano del rey desde hacía tres décadas, con casa en la calle del Peso junto al mercado. Cía preguntó discretamente a un vendedor de quesos y encontró la calle sin dificultad.

Golpeó en la puerta de don Ramón de Escarrilla con el nudillo dos veces como su padre le había enseñado a llamar a las puertas de los hombres de negocios. Ni demasiado fuerte, que suena a desesperación, ni demasiado suave, que suena a timidez. Le abrió un criado, le dijo que esperara. esperó en un zaguán frío durante tiempo suficiente para dudar de todo lo que estaba haciendo. Don Ramón era exactamente como la carta de Fraimateo lo describía, un hombre mayor, metódico, con los dedos manchados de tinta y la mirada de alguien que ha leído demasiados documentos fraudulentos como para impresionarse fácilmente.

La escuchó con los brazos cruzados. Cuando ella terminó, pidió ver los pergaminos. los examinó durante un silencio que a Menscía le pareció eterno. El sello del notario Bernardo de Valdés, dijo al fin, señalando el documento de Fray Rodrigo que ella había traído como muestra. Este hombre murió en el año del Señor de 1330. Este documento está fechado en 1342. Lo sé, dijo Mensía. y el registro del priorato de San Esteban, que copió el fraile franciscano. Siguió ojeando.

Esto no es fácil de conseguir. Un fraile muerto hace décadas, sin testigos vivos de la mayoría de los hechos. Levantó los ojos. Tiene usted, señora, la mejor prueba documental que he visto en 30 años de notariado y ninguna posibilidad de presentarla en un tribunal eclesiástico, porque una mujer no puede testificar en esa jurisdicción sin tutela masculina. Lo sé”, dijo Mencía de nuevo. “Por eso no vengo a un tribunal eclesiástico. Vengo a usted. Silencio. Necesito que estos documentos lleguen a la cancillería real”, dijo ella, “conforme de autenticidad firmado por usted.

Si el rey de Aragón recibe prueba de que un priorato ha estado falsificando documentos reales durante dos generaciones para robar tierras de súbditos del reino, eso no es un asunto eclesiástico, es un asunto de la corona. Don Ramón la miró durante un largo momento. Hay un fraile franciscano llamado Bernardo de Ansa, añadió ella, que fue capturado por hombres del prior de San Esteban hace tres días mientras me ayudaba a llegar aquí. Él es testigo de los crímenes del priorato y lleva 20 años intentando denunciarlos.

Si muere en manos de Fray Rodrigo antes de que esto llegue a la cancillería. Entiendo, dijo don Ramón. Siéntese. Lo que siguió fue trabajo. Trabajo real, metódico, sin dramatismo. El notario examinó cada documento, tomó notas, redactó un informe de autenticidad que ocupó tres folios. Mientras lo hacía, explicó a Mencía lo que podía y lo que no podía hacer, lo que el proceso legal requería, los tiempos que manejaría la cancillería. Esto tardará semanas, dijo, “quizás meses. Fray Bernardo no tiene semanas.

Don Ramón dejó la pluma un momento. Hay algo más rápido”, dijo el ministro provincial de los franciscanos de Aragón. está en Huesca esta semana aquí para una visita de inspección a los conventos de la ciudad. Si lleva usted estos documentos ante él hoy antes de que se vaya, puede arreglarlo. Tengo relación con su secretario. Una pausa. Le advierto que el ministro provincial no está obligado a recibirla y que aún si lo hace, los tiempos eclesiásticos son lentos.

Pero, ¿podría actuar para liberar a Fray Bernardo? Si considera que uno de sus frailes está ilegalmente detenido por otro clérigo. Sí. Eso entra en su jurisdicción directa. Mencía se levantó. Arréglelo. Don Ramón la miró con algo que no era exactamente sorpresa, pero se le parecía. Hágalo por favor”, añadió ella, porque su padre también le había enseñado cuándo suavizar el tono. Aquella misma tarde, con el informe de autenticidad de don Ramón en la mano y los documentos de Fray Mateo en el cofre, Mencía de Córdoba fue recibida por Fray Guillermo de Santa Fe, ministro provincial de los Franciscanos de Aragón, en la sala capitular del convento de San Francisco de Huesca.

Había tres frailes más presentes y el secretario de don Ramón como testigo neutral. Habló durante una hora, presentó cada documento en orden, respondió cada pregunta. Cuando el ministro provincial preguntó por qué era ella quien traía aquellos documentos en lugar del propio fray Bernardo, describió la captura sin ornamento ni exageración. Hechos: lugar, hora aproximada, número de hombres. Cuando terminó la sala estaba en silencio. “Fryay Rodrigo de Palenzuela”, dijo Fray Guillermo de Santa Fe finalmente. Llevaba 7 años en lista de sospechosos por administración irregular.

Sin pruebas suficientes para actuar, miró los documentos extendidos sobre la mesa. Ahora las tiene. Esa noche, por primera vez en dos semanas, Mencía durmió en una cama. El alivio duró exactamente hasta el amanecer, porque al amanecer llegó un mensajero del priorato de San Esteban y el mensaje no iba dirigido al ministro provincial, iba dirigido a ella. Fray Rodrigo de Palenzuela sabía que estaba en Huesca. El mensaje era breve y sin firma. La mujer que miente sobre el priorato de San Esteban será denunciada ante el tribunal del Arsediano por perturbación del orden eclesiástico y posesión ilegal de documentos robados.

Que reflexione sobre su situación. Menscía leyó el mensaje dos veces y luego lo llevó directamente a Fray Guillermo. El ministro provincial lo leyó y lo dobló con cuidado. El Prior está asustado. Dijo. Lo sé. Eso lo hace más peligroso, también más descuidado. El fraile se puso de pie. Voy a enviar dos hermanos al priorato de San Esteban esta mañana con carta de mi autoridad, exigiendo la liberación inmediata de Fray Bernardo de Ana. Si el prior se niega, eso constituye insubordinación a la autoridad provincial, lo cual puedo llevar directamente al arzobispado.

Y los cargos contra mí son una amenaza vacía. mientras usted esté bajo mi protección. Una pausa. Lo que no puedo hacer es detener el proceso legal que viene. Para eso necesita usted un tribunal y en ese tribunal necesita representación. El nombre llegó esa tarde a través de don Ramón de Escarrilla, doña Violante de Moncada, viuda del señor de Arguedas. Llevaba 4 años en litigio abierto con el priorato de San Esteban, por un molino que le habían arrebatado con los mismos métodos que a Mencía.

tenía dinero, tenía abogados, tenía el rencor sostenido de quien ha perdido algo valioso y no ha podido recuperarlo. Mencía fue a verla esa misma tarde. Doña Violante era una mujer de 45 años, seria, bien vestida, con la expresión de alguien que ha aprendido a no mostrar lo que siente. La escuchó con atención mientras Mencía le presentaba los documentos. Cuando terminó, doña Violante dijo, “Si estos documentos son auténticos y este notario dice que lo son, [carraspeo] entonces el priorato de San Esteban cometió contra mí exactamente los mismos crímenes que cometió contra su marido y contra 12 familias más.

” Sus manos sobre la mesa estaban completamente quietas. Estoy dispuesta a financiar la causa completa, los abogados, los costes del tribunal, el traslado de testigos. ¿Por qué? Preguntó Mencía con franqueza. Porque tengo dinero y llevo 4 años sin poder hacer nada con él que valga algo. Una pausa. Y porque ese molino era de mi marido y antes de morir me hizo prometer que lo recuperaría. Los dos días siguientes fueron los más intensos de la vida de Mensía, desde la muerte de Gonzalo y los más llenos de gente, abogados que explicaban procedimiento, testigos que llegaban desde el Valle de Arenas del Monte con su propio miedo y su propia rabia.

El secretario de don Ramón, copiando documentos hasta pasada la medianoche. Doña Violante financiaba todo y preguntaba todo y controlaba todo con una eficiencia que Mencía admiró sin reservas. El viernes llegó Fray Bernardo de Ansa, escoltado por los dos frailes del ministro provincial. Tenía un ojo morado y dos costillas magulladas y la expresión tranquila de alguien a quien los golpes no le han quitado la razón. Cuando vio a Mensía, sonró. “Los documentos llegaron”, dijo ella. “Lo sabía”, respondió él.